23 de abril de 2021

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ALEGRÍA SIN ALEGRÍA

MCS-OBISPADO / OPINIÓN / ANTONIO ALCEDO

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Se acercan días complicados. Tenemos ya encima la Navidad. Por tradición, y por decisión de quienes nos “organizan” la vida, son días alegres, de diversión y, sobre todo, de gasto. Son también días de encuentro de las familias, de comidas en común, de regalos, días, en fin, “entrañables”, como repiten una y otra vez nuestros canales mediáticos y publicitarios. Luces en las calles, adornos en las casas, bullicio en los comercios y sobre todo en las grandes superficies. Parece que, obligatoriamente, hay que estar alegres.

Pero…hay dos “peros” muy graves. Uno, que mucha gente no sabe por qué hay que estar alegres. Se desean “felices fiestas”, pero no se sabe porqué hay que hacer fiesta. Algunos, más “leídos”, hablan del solsticio de invierno (fiesta del imperio romano que conviene rescatar ahora que comenzamos el siglo XXI). Otros, menos “leídos”, entran en la diversión simplemente porque todos lo hacen, porque lo anuncia la tele. Por si acaso, no se nombra para nada la palabra “Navidad”, no vayan algunos a enfadarse. O sea, que hay que estar contentos, visitarse las familias, adornar las calles, hacerse regalos y gastar, “porque toca”, porque es lo “políticamente correcto”. No deja de ser un testimonio de borreguismo lamentable (me divierto, gasto, me emborracho, pero no sé ni por qué).

El otro “pero” es  más trágico, aunque también va a estar muy presente estos días. En nuestra Ciudad, en nuestra Provincia, en nuestro País, cientos de miles de personas y familias no van a tener acceso ni a un poquito de esa alegría de la que otros van –vamos- a disfrutar. Unos, por el paro, no tienen ningún ingreso y dependen de la caridad o de la asistencia pública. Otros, han perdido hasta la vivienda (los bancos se encargan de cuidársela mientras no paguen la hipoteca, aunque, por supuesto, con ellos en la calle). Como para invitar a la alegría.

Y, sin embargo, ante este panorama sombrío, hay quienes se “atreven” a estar alegres y a invitar a la alegría. Porque tienen esta rara teoría: que la alegría no la da el tener, ni el gastar, ni el reír, ni el beber: la da el sentirse en paz consigo mismo y con los demás y, sobre todo, el sentirse queridos, reconocidos en una dignidad que nadie les puede arrebatar, porque procede de Alguien que está por encima de los avatares de la vida. Y el reconocer esa misma dignidad en los demás, por muy pobres, parados, sin techo o marginados sociales que puedan ser.

Estos “raros” se llaman “cristianos”. Tienen los pies en el suelo, aunque muchos crean que no. Sueñan con un mundo utópico, en el que sea posible la justicia, la verdad, la solidaridad, la paz, en el que unos no destruyan a otros, ni se aprovechen de su debilidad, ni se carguen de privilegios a costa de que otros se los mantengan. Los cristianos se alegran estos días porque Dios ha querido hacerse uno de nosotros, ha nacido como el más pobre entre los pobres, porque ha anunciado la paz para todos los que tengan buena voluntad, porque siguen creyendo en que los hombres, si  nos dejan, somos capaces de construir una sociedad mejor.

¿Alegría sin alegría? Para muchos, desgraciadamente, sí. Para otros, definitivamente, no, no va a haber alegría. Para los “raros”, en el fondo del corazón, va a saltar el gozo de que, un año más, les va a llegar el eco de un canto que lleva veinte siglos resonando: “Gloria a Dios en el cielo, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.

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