21 de abril de 2021

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CARTA PASTORAL CON MOTIVO DEL OCTAVARIO POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS 2010

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“VOSOTROS SOIS TESTIGOS…” (Lc 24, 48)

Mis queridos diocesanos:

La Semana de oración por la unidad de los cristianos, que se celebra del 18 al 25 de enero, se ha convertido ya en una preciosa oportunidad de reflexión sobre la unidad interna de la Iglesia, al tiempo que se la pedimos confiadamente al Señor. No es solamente una exigencia de este momento, por el movimiento ecuménico en marcha, sino mucho más, por la decisiva importancia que tiene esta unidad en una horas en que, según el Papa nos advierte, “se ha debilitado el sentido de unidad, de solidaridad y de caridad dentro de la Iglesia”. Nunca apreciamos bastante esta característica de la Iglesia de Cristo.

1. Volver a la unidad

La unidad es realmente el anhelo más vivo de Jesús para los suyos: “Padre, -oraba ardientemente en su última noche- que todos sean uno… que sean consumados en la unidad (cf. Jn 17, 21-23). No podemos comprender humanamente la vehemencia divina con la que el Señor anhela la unidad.

El lema de este año en el Octavario de oración por la unidad de las Iglesias son las palabras del Resucitado a los discípulos: “Vosotros sois testigos de todas estas cosas (Lc 24, 48). Este mensaje que el mismo Jesús Resucitado encomendó a sus discípulos es el mensaje de la Iglesia de ayer, de hoy y de todos los tiempos, la misma Iglesia “una y santa” que el Señor entregó a Pedro para que la pastoreara (Jn Jn 21, 17), encargándole a él y a los demás Apóstoles que la extendieran y gobernaran (cf. Mt 28, 18ss) y la erigió como columna y fundamento de la verdad (1Tm 3, 15)” (cf. LG 8).

El problema, en términos generales, reside en ver cómo las Iglesias cristianas pueden volver a la unidad deseada por el Señor para que la evangelización alcance a todos los hombres, “para que el mundo crea”. Dejando todo lo que se puede y debe dejar, despojándose de todo lo que se puede despojar. Convirtiéndose cada vez más, y muriendo un poco el pecado de sus responsabilidades en las separaciones, para resucitar a la unidad deseada por el Señor. Pero sin renunciar de aquello que les hace ser Iglesia, y sin cortar las raíces – Credos apostólicos y el mundo de los Padres-  que dio el ser a todos. Ahí reside el problema.

El “Movimiento ecuménico”, como dice el Concilio Vaticano II, es “el conjunto de actividades y de iniciativas que, conforme a las distintas necesidades de la Iglesia y a las circunstancias de los tiempos, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos” (UR 4). En ese Movimiento no sólo tienen cabida todos, sino que “la preocupación por el restablecimiento de la unión corresponde a la Iglesia entera, tanto a los fieles como a los pastores; y afecta a cada uno según su propia capacidad, ya sea en la vida cristiana diaria, ya en las investigaciones teológicas e históricas” (UR 5). Por eso se hacen indispensables tanto el ecumenismo espiritual, como el doctrinal, el técnico, y el ecumenismo de base.

2. Doctrina cristiana

A nivel de Iglesia Católica, el problema se plantea en términos de superación del hecho de la división cristiana, para que en su lugar emerja la unidad visible de todos los cristianos.

Hoy, felizmente, la Iglesia Católica no está desprovista de recursos ecuménicos. Posee su Carta Magna con el decreto “Unitatis Redintegratio”, además del texto del “Directorio Ecuménico”, y como motor humano el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. Cada Conferencia Episcopal tiene en su seno una Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales, que intenta llevar a cabo en las Iglesias locales la labor de la unidad. En este contexto adquiere toda su importancia el Secretariado Diocesano de Ecumenismo.

Este año los Obispos de la Comisión para las Relaciones Interconfesionales desean que, al orar por la unidad de los cristianos, tuviéramos presente cuanto se ha conseguido ya en el camino hacia la unidad doctrinal en la fe y en la misión.

Hoy, después de más de cuatro décadas de diálogo y colaboración desde la clausura del Concilio Vaticano II, el ecumenismo cuenta en su haber con una aproximación cada vez mayor de las Iglesias al misterio de la Iglesia como Sacramento de Salvación para el mundo. Sus logros son un don de Señor que nos anima e impulsa a superar nuevos obstáculos.

3. Anglicanos que han pedido la plena comunión en la Iglesia Católica

Permitidme que con estas palabras de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales, contribuya a aclarar la importante acción tomada por el Santo Padre y al mismo tiempo reiterar la voluntad de compromiso ecuménico con nuestros hermanos anglicanos.

Es este, un caso particular que no responde a ninguna acción de carácter proselitista por parte de la Iglesia Católica, que en palabras del Papa, sigue empeñada en la prosecución del diálogo ecuménico doctrinal y del diálogo de la caridad con las Iglesias  y comunidades eclesiales. Al abrir esta puerta de entrada en la Iglesia Católica, la Santa Sede no toma una iniciativa contraria al diálogo ecuménico porque, en efecto, “la Iglesia Católica asume con esperanza la acción ecuménica como un imperativo de la conciencia cristiana iluminada por la fe y guiada por la caridad” (Juan Pablo II, Carta Encíclica Ut unum sint n. 8). Estas palabras del Papa Juan Pablo II, las hacía suyas el Papa Benedicto XVI añadiendo que el diálogo ecuménico “es un intercambio de dones en el que las Iglesias y las  comunidades eclesiales pueden poner a disposición su propio tesoro” (Benedicto XVI, Discurso en el Encuentro Ecuménico de Colonia, el 19 de Agosto de 2005). Al crear estos Ordinariatos Personales para los grupos anglicanos que vienen a la Iglesia Católica, el Santo Padre quiere dar “una respuesta generosa a la legítima aspiración de estos grupos anglicanos” (cf. Comunicado de prensa de la Santa Sede que acompañó la publicación de la Constitución Apostólica “Anglicanorum coetibus”).

De otro lado, la Declaración conjunta del arzobispo de Westminster (Primado católico de Inglaterra) y de Arzobispo de Canterbury y primado de la Comunión Anglicana, del pasado día 20 de octubre de 2009, decía: “La Constitución Apostólica representa el reconocimiento de un acuerdo sustancial en la fe, la doctrina y la espiritualidad que se da entre la Iglesia Católica y la tradición anglicana. Sin los diálogos de estos últimos cuarenta años no hubiera sido posible, ni cabría alimentar la esperanza de lograr la plena unidad visible”. Así, pues, los anglicanos que ahora han pedido la plena comunión católica tienen este importante respaldo ecuménico.

4. La hora de la unidad

El Concilio Vaticano II nos dice que el mundo tiene con viveza su propia unidad e interdependencia en mutua solidaridad, aunque la presencia de fuerzas contrapuestas en su seno la haga tan difícil (cf. GS  4).

Gracias a Dios, nuestra comunidad diocesana guarda y vive la unión. Pero siempre es posible vivificarla, y sobre todo vigilar para prevenir posibles riesgos. Además no somos una isla. Pertenecemos a la Iglesia universal con sus problemas en la unidad a diversos planos.

He aquí el Octavario del 2010 para elevar nuestra plegaria en común, desde luego por el movimiento ecuménico, pero sin olvidar la unidad interna de la misma Iglesia. Como en años anteriores celebraremos este año el “Encuentro Ecuménicoen la Santa y Apostólica Iglesia Catedral de Cádiz, el viernes 22 de enero, a las 8 de la tarde.

Oremos, pues, fervorosamente por los mejores logros de la unidad, porque siempre son fruto del Espíritu Santo en esta hora y de tanta trascendencia en todos los órdenes.

Reza por vosotros, os quiere y  bendice,

+ Antonio Ceballos Atienza

Obispo de Cádiz y Ceuta

Cádiz, 10 de enero de 2009.

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