21 de abril de 2021

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De Santo Domingo a Santa Cruz con el sambenito

J. LANDI / LA VOZ DIGITAL / CÁDIZ

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1020396Hay leyendas que matan y tópicos que asfixian. A ellos, los 30 trabajadores de la construcción de Cádiz que se encerraron durante un mes del pasado verano en Santo Domingo -de 8 de julio a 8 de agosto-, les aplasta un sambenito: el de la pereza, escasa productividad y conflictividad del trabajador gaditano.

Es algo que nadie se atreve a decir ni a escribir. Suena mal. Desmerece al que lo proclama. Pero está presente en muchas decisiones individuales cotidianas que repercuten en la vida de los demás. «Gaditanos, no». Es una respuesta que han escuchado demasiadas veces y, aún más incomprensible, en su propia ciudad, incluso de boca de paisanos. El veneno del tópico se expande. Hartos de esa situación -más frecuente de lo que pudiera parecer, por necio que resulte- decidieron movilizarse.

Primero se concentraron a diario durante todo junio frente al Ayuntamiento con cacerolas, bombos, pitos y pancartas. Luego, recorrieron la avenida. No había respuesta. Aguantaron acusaciones que les señalaban como alborotadores sospechosos. Si los desempleados se resignan, se les acusa de gaditanos indolentes. Si se quejan, de querer obtener un empleo que cuatro millones de personas necesitan a través del pataleo.

Su mensaje no calaba. Pedían que algunos empleos de las grandes obras públicas que se realizan en Cádiz fueran reservados a vecinos de la ciudad. Una idea que llevada al extremo es fácil de confundir con la xenofobia. Pero la radicalmente contraria («gaditanos, no») incluye la misma falta de escrúpulos y razón.

Desde San Juan de Dios, a través de Plocia y la desesperación, decidieron encerrarse en la iglesia conventual que acoge a la Patrona. «Nos recibieron con los brazos abiertos, sabíamos a dónde íbamos», recuerdan Daniel Castiñeira y Primitivo Franco, que ejercen de portavoces. El encierro, de un mes, fue duro «más por las familias que por nosotros. Estábamos allí convencidos de lo que pedíamos. No queríamos que nos dieran trabajo sólo a los gaditanos. Queríamos que nos dieran una oportunidad también a nosotros. Pero las familias lo pasaron mal. Los niños pequeños no comprendían eso de no ver a su padre durante semanas. Unos lloraban sin parar, otros cambiaron su comportamiento, estaban irritables, tristes… nuestras mujeres, en algunos casos, no nos lo decían. Nos enteramos después».

Amparados por los religiosos («a uno de los curas lo teníamos que parar, porque era más bravo que nosotros», recuerdan con una sonrisa), consiguieron que representantes de todas las administraciones, «de las cuatro», fueran a visitarles. El obispo Antonio Ceballos era el mediador. Les visitó hasta tres veces y consiguió que alcaldesa, delegados de la Junta, miembros de la Diputación y del Gobierno, al menos, les escucharan. «No es un problema laboral ni económico», matiza Daniel, «es una cuestión de sistema, de política, aunque no guste la palabra».

El premio, la normalidad

Recibieron mucha ayuda anónima. «Estamos muy agradecidos a los vecinos, a particulares, a cofradías, a asociaciones como 5 de Abril, a la Iglesia…». Nunca les faltó de nada, pero sólo tenían un objetivo, trabajar. «La prueba es que dos compañeros dejaron el encierro cuando les ofrecieron dos empleos dignos, con un contrato normal, es decir, de más de 15 días», añade Primitivo.

Finalmente, alcanzaron un acuerdo colectivo. Se harían cargo de la rehabilitación de la tercera planta del histórico Hospital de Mujeres. Empiezan en noviembre. Trabajarán en lo suyo, con todo en regla. Mientras, acuden a diario, repartidos en grupos, a cursos de formación informática en la sede de Tierra de Todos, junto a Santa Cruz. «Hay que prepararse, aprender y estar activos», reivindica Daniel.

Pese a conseguir la meta inicial, un empleo, aseguran que ya nunca dejarán abandonados a los que pasan por lo mismo: «A mediados de octubre esperamos tener la documentación oficial de la Asociación de Parados Gaditanos, queremos estar en Internet, realizar actividades y, sobre todo, asesorar a los que están parados para que puedan hacer cursos, reivindicar, asesorarse, recibir ánimos».

Que nadie tenga que encerrarse. Pero que tampoco se resigne. Dicen que seguirán «haciendo ruido», pero ya sin manifestaciones ni cacerolas. Con la palabra y con una idea: «Tenemos derecho a trabajar en Cádiz… como todos los demás».

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