23 de abril de 2021

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«Dedicarse al sacerdocio es fruto de un largo proceso de reflexión y madurez»

EVA REYES / EUROPA SUR

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Enrique Albendín es cordobés pero lleva vinculado a La Línea desde 1978, cuando llegó para ejercer la docencia como profesor de latín. El pasado mes de mayo cumplió sus bodas de oro como sacerdote.

DibujoEl cura Enrique Albendín cumplió el pasado 26 de mayo sus bodas de oro -cincuenta años- como sacerdote. Aunque es natural de Baena (Córdoba), ciudad a la que viajó la semana pasada para celebrar esta fecha tan importante en la parroquia donde ofició su primera misa, la de Nuestra Señora de Guadalupe, la vida de Enrique Albendín está vinculada a La Línea desde 1978, año en el que se trasladó a esta localidad para ejercer la docencia en el instituto Mar de Poniente, antes conocido como Mixto 2.

En su corazón también lleva a la barriada sanroqueña de Campamento, donde reside desde el inicio de su etapa aquí. El último domingo de septiembre conmemorará sus bodas de oro en el santuario de la Inmaculada Concepción, donde celebra misa, tarea que también desempeña en Santa María la Coronada, en San Roque.

-¿Qué balance realiza de estos cincuenta años de sacerdocio, padre?

-Bueno, ha habido un poco de todo. Durante los primeros años, uno piensa que se puede comer el mundo, y luego te das cuenta de que no te lo puedes comer sino que tienes que digerirlo poco a poco. Ahora, en esta etapa de mi vida, creo que al menos he hecho todo lo que podía hacer, lo que estaba en mi mano.

-¿Cómo llegó a La Línea y Campamento?

-Llegué al Mixto 2 como profesor de latín tras aprobar unas oposiciones, ya que soy licenciado en Filosofía y Letras y estoy especializado en Cultura Clásica. En La Línea había un puesto libre y aquí vine a recalar, dándose la circunstancia de que mi hermana mayor ya estaba casada y residía en Campamento. En estos años he sido párroco de Campamento y Puente Mayorga y las iglesias de Santiago y San Bernardo, en La Línea. Además, en el año 82 empecé a impartir los cursillos de cristiandad en Cádiz, Ceuta, la comarca e incluso en Gibraltar cuando me llamaban, labor que sigo desarrollando en la actualidad.

-Las cosas han cambiado mucho desde el año 78…

-Sí, todo es completamente distinto, las calles y la ciudad en general… Por otro lado, al principio apenas tenía amigos y ahora tengo muchos. Además, puedo presumir de no haber tenido problemas con nadie.

-Y también la docencia ha sufrido una fuerte transformación, ¿verdad?

-Bueno, ésto va en picado. Los niños de antes tenían educación y vergüenza y sentían respeto por el profesor. Había cariño entre el docente y el alumno, pero ahora entrar en clase es como hacerlo en una cuadra. Yo creo que ese deterioro es consecuencia de las leyes educativas. Aunque no soy partidario de unas leyes restrictivas, hay ciertos valores que se han perdido. A los chicos no les importa suspender, porque saben que pueden pasar de curso. En cuanto a los contenidos, también han cambiado muchísimo. Los alumnos de hoy no desarrollan ni la memoria, ni el entendimiento, ni la voluntad, tres pilares que son siempre fundamentales en el aprendizaje. Tenemos niños aborregados que no están preparados para la vida.

-¿Siempre tuvo claro que quería ser sacerdote?

-Bueno, ni nací pensando que quería ser cura, ni se me apareció la Virgen. Fue mucho más adelante, cuando empecé a tomármelo de verdad en serio. Dedicarse al sacerdocio es fruto de un largo proceso de reflexión y madurez en el que los directores espirituales juegan un papel muy importante. Antes te ordenaban sacerdote cuando tenías 24 años y un día; se supone que con esa edad uno sabe perfectamente lo que hace y las consecuencias de sus acciones. En el momento en que adopté la decisión, lo hice en frío y hasta hoy.

-¿Su vinculación con esta zona es ya para siempre?

-Desde luego, tengo muy claro que ya no me muevo de aquí. Me siento de La Línea de la Concepción y también de Campamento, donde sigo viviendo. Estoy rodeado de muy buenos amigos y creo sinceramente que he sabido captar muy bien el espíritu de La Línea. Me siento plenamente identificado con sus celebraciones y fiestas y muy cercano a sus gentes. Es más, tuve la oportunidad incluso de volver a Córdoba y la desestimé, a pesar de que todavía tengo allí a parte de mi familia. Soy de la opinión de que la patria de uno es el lugar en el que vive.

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