6 de marzo de 2021

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LOS CURAS DEL QUINTO SACRAMENTO

PEDRO INGELMO / DIARIO DE CÁDIZ

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En Andalucía hay unos 400 sacerdotes que han abandonado el ministerio, la mayoría para contraer matrimonio

En un piso de la barriada de Loreto, en Cádiz, se celebra periódicamente una eucaristía. No existe un altar propiamente dicho, ni nadie pronuncia una homilía. Está el vino y el pan. Dura un día entero. Los que acuden allí hablan, estudian, debaten. Para la Iglesia no es una eucaristía, para los participantes sí. Para la Iglesia no es una eucaristía porque quien la dirige es sacerdote, pero está casado. Evans David Gliwitzki celebra cada día una misa en una parroquia de Tenerife. En 2005 este pastor anglicano fue ordenado sacerdote católico. Está casado con Patricia, tiene dos hijas y una nieta. Para la Iglesia de Roma, su eucaristía es válida. Y el debate del celibato no para de crecer en las orillas del Vaticano.

«Nada hay tan poderoso para envilecer el espíritu del hombre como las caricias de una mujer», decía San Agustín en el siglo V, no mucho antes de que el Papa Siricio abandonase a su mujer para convertirse en máximo Pontífice. Y es que, en el inicio, los curas eran hombres casados. Durante más de mil años lo fueron. En el Concilio de Letrán II (1139) se hace norma el celibato del clero. «El celibato no es ningún dogma. En su origen, entre otros, tuvo motivos económicos. Las herencias suponían un problema para el patrimonio de la Iglesia», explica Juan Cejudo, miembro del Movimiento por el Celibato Opcional (Moceop), que aglutina a unos 300 curas casados en toda España y varias decenas en Andalucía.

En España hay 6.000 curas casados, según el cálculo realizado por el más célebre cura casado, el cura de Vallecas Julio Pérez Pinillos, a quien Rouco Valera no ha conseguido convencer de que las eucaristías que celebra en su comunidad, a petición de la propia comunidad, no tienen ningún valor. Según este mismo cálculo, en Andalucía existen unos 400 curas casados, pero no deja de ser una estimación. Datos oficiales no existen. Un portavoz de Odisur, organismo que realiza las funciones de coordinación entre la diócesis de las provincias orientales y occidentales de Andalucía, más Tenerife, afirma que no existe un registro y, por tanto, no hay dato y se recomienda que se pruebe descendiendo a cada diócesis. Pero esto no es así. El obispado de Cádiz no tiene problemas en ofrecer sus datos, aunque tampoco existe ese registro. En los últimos veinte años se han tramitado una decena de dispensas. Pero ése no es el número de sacerdotes que han abandonado el ministerio, ya que hay muchos que se saltan ese trámite. Moceop tiene contabilizados en esta provincia a 80 curas casados.

Guillermo Domínguez Leonsegui, vicario general del obispado de Cádiz, explica el proceso. «Cuando un sacerdote pide una dispensa, ya sea por matrimonio o por cualquier otra causa, es comunicado al obispado que realiza un expediente que es enviado a la Santa Sede. No existe delegación del Papa. Cada expediente de dispensa tiene que pasar por su mesa. Se suele contestar favorablemente y, entonces, el sacerdote es libre para poderse casar y la Iglesia te libera del celibato», explica.

«El sacerdote sigue siendo sacerdote y, si lo solicita, quizá si ha enviudado, puede volver a pedir el ministerio. El trato es totalmente humano, no existe resentimiento alguno, aunque, naturalmente, se sufre cuando un compañero decide abandonar el ministerio». El propio Domínguez Leonsegui afirma tener amigos del seminario que han dado el paso «y ni que decir tiene que seguimos siendo amigos, conozco a la familia, nos felicitamos en Navidad y comemos alguna vez juntos. No deja de ser un compañero».

José Luis C. (prefiere guardar el anonimato) es un sacerdote casado dos veces. Con la misma mujer. Tiene que ver con la dispensa. José Luis entró en el seminario a los doce años y estuvo otros trece allí. Cuando salió era un joven que tenía poco que ver con el niño que entró. Ya no sentía esa fidelidad total y ciega a sus superiores. Fue destinado a una parroquia en el Campo de Gibraltar, unos meses que él califica como de desconcierto, de no ser eso lo que quería. Se alistó en un movimiento que no paraba de crecer en España a principios de los 70, el de los curas obreros, y pidió trabajar en un taller, evangelizar en la fábrica. En los años de Pablo VI, los del desarrollo de la apertura que supuso el Vaticano II, los de los orígenes de la Teología de la Liberación en Iberoamérica, se convirtió en uno de los 800 curas obreros españoles. Y se enamoró. «Los curas también se enamoran -resume-, conozco a pocos que no les haya pasado». Pidió en 1977 la dispensa, pero no esperó para casarse. Con el disgusto del obispo de entonces, organizó un acto religioso en una parroquia, no exactamente una boda, pero la pareja la tomó como tal. Hicieron bien. Hubieran tenido que esperar veinte años. En el año 2000 llegó la dispensa. Volvió a casarse, esta vez sí, por la Iglesia, con la presencia de sus dos hijos.

Los defensores del fin del celibato intentan hacerse oír. La Asociación de Teólogos Juan XXIII, muy críticos con los cinco años de pontificado de Benedicto XVI y seguidores del pensador Hans Kung, compañero de Ratzinger en sus años de la universidad de Tubinga -ambos peritos del Concilio Vaticano II-, afirma: «Es necesaria la supresión del celibato obligatorio para los sacerdotes, medida disciplinar represiva de la sexualidad que carece de todo fundamento bíblico, teológico e histórico que no responde a exigencia pastoral alguna». De modo parecido se pronuncia la potente coordinadora de redes cristianas, con decenas de comunidades de base en Andalucía, que no duda en criticar «el ambiente hermético, cerrado en el que la Iglesia ha querido formar a sus servidores más directos y la omnímoda imposición de un celibato no elegido ni necesario para el servicio sacramental». Dentro de la Iglesia se remiten a lo que dice el Concilio Vaticano II, que en ningún momento pone en cuestión el celibato: «Ayudados con oportunos auxilios divinos y humanos, aprendan a integrar la renuncia del matrimonio de tal forma que su vida y su trabajo, no sólo no reciba menoscabo del celibato, sino más bien ellos consigan un dominio más profundo del alma y del cuerpo y una madurez más completa, y perciban mejor la felicidad del Evangelio». En el lado opuesto a las redes cristianas se encuentra el Camino Neocatecumenal, que rechaza cualquier reforma y niega que sea el celibato lo que origine la crisis de vocaciones que sufre la Iglesia en España. Su resumen es sencillo: «No hacen falta cambios, hacen falta más santos».

El camino de Manuel González empieza y termina en América. A América marchó nada más ordenarse a trabajar en comunidades donde se enseñoreaba la miseria; con bolivianos trabaja ahora desde Málaga para echarles una mano en todo lo que haga falta. Entre medias, una renuncia. Regresó a España y le dieron una parroquia en Frigiliana. «Fui feliz aquellos años. No puedo decir lo contrario. Fui feliz siendo cura, pero llegó un momento en que me di cuenta que no era para mí. Mantenía la vocación, mantenía la fe, pero no estaba cómodo en ese papel funcionarial, en ese acatamiento total de todo lo que llegara de arriba. No me sentía útil». Pidió la dispensa. Tuvo más suerte que José Luis. En 1978 obtuvo el permiso papal y se casó por la Iglesia con la que estaba seguro que era la mujer de su vida. «Fueron años duros. No tenía ningún oficio. Pasamos muchas estrecheces económicas. Vendí libros por las casas, vendí seguros…» Sacó una oposición de celador y fue prosperando; luego otra oposición de administrativo y se jubiló de ATS. «Ahora me siento bien, me siento dentro de la Iglesia, pero no de la institucional. Seguimos celebrando la eucaristía una vez al mes en un local en el que nos reunimos unas treinta personas. No pretendemos cambiar nada, es una utopía cambiar las estructura de esta Iglesia. Me centro en Jesús de Nazaret y Jesús no quería templos».

Todos los años se reúne el curso de seminaristas de Manuel en una comida. Manuel no falta, «aunque siento que estamos en mundos distintos». Como en cualquier comida de viejos alumnos, hablan de los rumbos que los han marcado. Están los que siguen a pies juntillas la doctrina oficial, los que son críticos dentro de la Iglesia, los que son críticos fuera de la Iglesia… y hay uno que recuerda un viejo amor, un amor que ya nunca lo será. El no dio el paso que dio Manuel. Decidió seguir. Ese viejo amigo siempre le pregunta por sus hijas, ha seguido el camino desde sus estudios hasta ahora que ya están casadas. Y en la mirada, según entiende Manuel, que conoce su historia, parece existir un reproche hacia sí mismo, un reproche por no estar ahora con la mujer a la que amó.

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