23 de abril de 2021

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Javier Anso, SM

Quienes me pidieron que escribiera un artículo cada quince días para esta página del Obispado, no me encargaron que comentara los textos de la Liturgia. De ser ése su propósito, hubieran acudido a algún especialista en la Palabra, y no a mí que, por desgracia, no lo soy.

Lo que me pidieron es que escribiera sobre algún tema de actualidad. Y por eso hoy, que acabamos de celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción, escribo sobre María. Porque María, está de actualidad, hoy como ayer, y como mañana. En todas las generaciones, como decía el beato Guillermo-José Chaminade, fundador de la Familia Marianista a la que me honro en pertenecer.

La teología nos dice que María, fue redimida de todo pecado desde su concepción en virtud de la redención de Cristo. Desde el principio de su existencia, dice nuestra fe, María vivió en la presencia de Dios, habitada por la gracia de Dios.

El evangelio que se proclama en la Eucaristía de la Inmaculada es el texto de Lucas en que se describe la escena de la Anunciación. Es un texto maravilloso, del que nunca se acaban de aprender enseñanzas para nuestra vida. Señalaré solo algunas.

La primera de ellas es que Dios se dirige a María, como se dirige a cada uno de nosotros, para pedir nuestra ayuda, nuestra colaboración. Con verdad se ha dicho que somos las manos, y los ojos, y la boca, y los pies de Dios. Multitud de veces se ha repetido aquello de que “cuando Dios trabaja, el hombre, suda”. Aquí le tocó sudar a una mujer: porque dijo sí, y porque aceptó cambiar el guión de su vida. Tras el anuncio del ángel, María no seguiría ya sus propios planes, sino los de Dios.

También a nosotros se nos dirige Dios para invitarnos a colaborar con Él. Todos tenemos nuestros planes. Se trata de escuchar la voz de Dios, que llega a nosotros a través de multitud de ángeles de múltiples rostros (personas, acontecimientos de la vida, mociones del Espíritu, etc.), y de responderle si estamos dispuestos o no a cambiar nuestros planes. En el fondo, se trata de ver si, de verdad, además de repetirlo con frecuencia, queremos o no “que se haga tu voluntad en la tierra, como en el cielo, y como en mí”.

María y José, están ahí. Frente a nosotros. Como testigos. Resistiendo el paso del tiempo. Ellos escucharon y respondieron. Cambiaron su vida para ajustarla a los que Dios les pedía, y, gracias a ese cambio, el Verbo se pudo encarnar. Ahora nos toca a nosotros, misioneros con María en su misión, responder.

Y también nos toca preguntar. Porque María pregunta. Porque María -¡una mujer, y de una cultura religiosa donde ni pronunciar el nombre de Dios se podía!- se atreve a preguntarle al mensajero de Dios, es decir, a Dios mismo: “¿Cómo será eso?”. María pregunta porque sabe qué clase de Dios tiene; porque sabe que el Padre no es un dictador que dicta lo que hay que hacer, sino alguien que propone, invita, y llama a la puerta esperando que se le abra para entrar a pasar la tarde, a charlar, y a tomar algo juntos. La libertad de María debe ser también la nuestra. Dios no nos impone nada, pero nos invita a todo. Preguntémosle, individual y comunitariamente, qué quiere de nosotros, cómo debemos decirle “sí”, y qué consecuencias tiene esa respuesta en nuestras vidas.

De vez en cuando, en la sociedad y en la Iglesia, parece que a algunas personas les molesta que preguntemos. ¡Que se molesten! Nosotros, los hijos de María, debemos hacer como Ella: preguntar, desde nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios, en coloquio con el Padre, y para colaborar con El como personas libres que somos. ¡Que nadie nos pretenda quitar nuestro derecho a preguntar, y que ante nadie renunciemos a ese derecho, que al mismo Dios le gusta que ejerzamos!

La Inmaculada, la llena de gracia, la concebida sin pecado, lo es para encarnarse, para meterse de lleno en la realidad de un mundo en el que hay dolor, sufrimiento, injusticia y muerte. Y para hacer presente en él al Hijo, al Salvador, a Jesús.

Como María, también nosotros estamos llamados a purificar nuestras vidas a dar espacio en ellas al Espíritu de Jesús. Pero no para encerrarnos en nosotros mismos y gozar estando juntos compartiendo nuestras mutuas perfecciones de seres privilegiados y apartados del mundo pecador; sino para, como sal que somos, salir de nosotros mismos y sazonar, como luz que somos, ir donde el hombre sufre víctima de las tinieblas.

¿Recordáis los versos del poeta libanés Kalil Gibran? Dicen así: “Es posible que hayáis oído hablar de la Montaña Sagrada. Es la montaña más alta de nuestro mundo. Si llegas a la cumbre, solo tendrás un deseo: descender y morar con los que viven en lo más profundo del valle. Por eso la llaman la Montaña Sagrada”.

Cuanto más alta, cuanto más llena de gracia, María más encarnada está en lo más profundo del valle de la vida. Así nosotros, con Ella y como Ella.

María, una mujer libre, que pregunta a Dios, y que cambia su vida en función de lo que Él le pide, para estar presente en lo más hondo del valle de la vida, ¿no es de actualidad?

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