23 de abril de 2021

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MISA A BORDO

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Javier Anso, SM
Javier Anso, SM

Pasan a nuestro lado, pero no los vemos. Cuando llega uno de esos grandes cruceros al Muelle de Cádiz, solemos admirar lo hermosos y grandísimos  que son, y, luego, por las calles, veremos a grupos de turistas que pasean y, si hay suerte, compran y comen en nuestras tiendas, bares, y restaurantes.

Pero a ellos no solemos verlos. O si los vemos, no nos damos cuenta de que los hemos visto. Van, generalmente, en pequeños grupos, de cuatro o cinco. Y son todos asiáticos. Sí, en efecto, han acertado: me refiero a los que trabajan en esos grandes cruceros que si les toca el turno de bajar a tierra, podrán pasear, también ellos, por Cádiz. ¿Verdad que los han visto? No sabemos nada de ellos y es como si nos interesaran algo menos que los turistas tal vez porque, probablemente, vayan a consumir menos.

No sabemos demasiado de esos marineros, y camareros, y mozos de habitación, pero yo quiero decirles algo que les interesará.

Recientemente, desde una naviera se pidió la colaboración de un sacerdote para celebrar la Eucaristía al personal que trabajaba en un buque que iba a llegar pocos días después a Cádiz. Esa Misa se celebró, a medias  en español y en inglés, y fue muy emotiva. Resulta que algunos de esos trabajadores  son católicos, sobre todo, filipinos, o indios. Cantaron y rezaron mucho en esa Misa a bordo. Dieron gracias a Dios por sus vidas y por tener trabajo. Y recordaron, con emoción,  a sus familias, a sus esposas, y a sus  hijos que crecen sin apenas verlos. Una imagen del apóstol de Asia, Francisco de Javier, y varias otras de María en sus más diversas advocaciones orientales, acompañaban la Cruz que presidía la celebración.

Como no tienen la posibilidad de que alguien les celebre la Eucaristía con frecuencia,  un grupo de ellos se reúne periódicamente a rezar, alimentando así su fe.

Esto que les relato es más que una anécdota. Es una ocasión para dar gracias a Dios por esos hermanos nuestros que, con su fidelidad a sus creencias nos están diciendo que también nosotros debemos ser fieles a las nuestras, y que, como ellos, valoremos más la oración y la hagamos  más presente en nuestra vida. Y lo mismo sucede con la Eucaristía: que la deseemos tan ardientemente como ellos la desean, aunque la nuestra no sea, como la suya, una “Misa a bordo”. ¡Pido a María, la “Estrella de los mares”, que proteja sus vidas y las de sus familias!

La próxima vez que nos crucemos con ellos por la calle les propongo una cosa muy sencilla: mirémosles con simpatía y regalémosles una sonrisa. Católicos o no, son nuestros hermanos. Nuestra simpatía y nuestra sonrisa les harán bien. Y a nosotros las  suyas que, sin duda, nos darán como respuesta.

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