23 de abril de 2021

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Fachada principal de la Pastora en Cádiz

Con esto de la Iglesia, con perdón, pasa como con las cafeterías. Tu te encaminas a una a que te sirvan un café y te ponen una mesa y una silla; le pides el Diario, y por delante lo tienes al minuto; después, que si agua; que si azúcar de ésta y de la otra; la cuchara para mover el café, servido en la mejor taza y con su plato debajo; póngame la tele, el canal éste, o baje usted el volumen de la radio, etc… y todo esto, sin que todavía haya pagado el miserable euro del café.

Pues vas a la Iglesia a escuchar misa, por cierto de obligado cumplimiento para quien se llama católico, y te encuentras tu banco para que te sientes, una nave limpia, megafonía, órgano en algunas ocasiones, todo el «aparato» litúrgico a punto, sacristanes, y el cura. Y tu misa. Y esto aún más barato que el café, ni un euro o una «voluntad» nunca exigida.

Y así ocurre, según la última información de nuestro Diario, que tenemos iglesias en nuestra ciudad, como la Pastora, San Pablo, Merced o Castrense, por citar algunos ejemplo, que se vienen abajo.

Claro que habrá quienes opinen que el poquito dinero que le entra a la Iglesia de Cádiz es para atender a los pobres, que lo es, y que para lo demás, no queda ni un euro. Y que ese dinero que se da -y ahi está Cáritas-, además es insuficiente.

Qué hacer. Pues habrá que ordenarse. Porque los católicos, entre otras obligaciones, tenemos también la de saber guardar bien los bienes adquiridos que le llegaron a la Iglesia en épocas muchos más florecientes que la actual, a través de mecenas e instituciones. Y ciertamente, llegan colaboraciones económicas a través de Ayuntamientos, Diputaciones, comunidades autónomas y Gobierno de la nación que son los que fundamentalmente salvan de las ruinas el riquísimo patrimonio religioso que tenemos. Una aportación de recursos que, aunque insuficiente, es de agradecer y de tener en cuenta, conscientes también estas instituciones de la importancia de mantener en pie estas iglesias y templos que han conformado durante siglos la vida de una ciudad, de una región y de una nación entera. No por ello, los de «a pie» debemos ignorar esta falta de recursos de nuestra Iglesia y mantener los puños cerrados, los sentimientos perdidos y el corazón en horas bajas. También «los de a pie» debemos colaborar con nuestra Iglesia para que hasta ella lleguen cada vez más recursos, que al tiempo que salven del hambre a tantas y tantas personas, como pasa en la actualidad, guarde también algo para salvar ese campanario donde repican unas campanas que se escuchan de maravilla muy tempranito las mañana de los domingos y cuando cae la tarde.

Entre todos, podríamos mejorar la situación.

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