6 de marzo de 2021

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Una vocación hecha realidad

JESÚS JAQUE NUCHE / DIARIO DE CÁDIZ

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La Diócesis consagró ayer como ermitaño al gaditano Carlos García de Paredes, que tras un viaje a Palestina en el 89 decidió dejarlo todo «para seguir a Jesús».

El hábito monacal de color blanco que tapaba su cuerpo desde el cuello hasta los tobillos no era una vestimenta cualquiera. Había elegido a conciencia un atuendo al estilo de los trapenses (una orden procedente de los Cistercienses) para recibir un reconocimiento por el que había estado pujando durante más de una década. La Diócesis de Cádiz y Ceuta consagraba oficialmente ayer como ermitaño al gaditano Carlos García de Paredes durante el transcurso de una ceremonia eucarística celebrada al mediodía en la Catedral de Cádiz.

Los ermitaños aparecieron en la Iglesia Católica en el siglo II como una forma de vivir la fe cristiana de manera contemplativa, con la oración como soporte principal. El Concilio de Trento prohibió en el siglo XVI esta figura que el Concilio Vaticano II rescató del olvido, pero aún así resulta inusual en estos tiempos de desbordante consumismo desatado en la aldea global. Tanto que Carlos es el primer ermitaño nombrado por la Diocésis de Cádiz, que incluso ha tenido que elaborar unos estatutos específicos ante su solicitud.

Carlos lo tiene muy claro: «Es una vocación, una llamada de Dios de hace muchos años». Ahora se hará cargo del cuidado de la ermita de los Santos Mártires ubicada en Medina Sidonia a la vez que llevará una vida separada del mundo, en soledad, silenciosa y austera y centrada en la oración. «Hoy rezar parece que está pasado de moda y no debe ser así. Yo rezaré por mí y por los que no lo hacen», explica García de Paredes. El de ayer fue uno de los días más felices de su vida. Se le notaba en su mirada. Arropado por familiares y amigos (muchos de ellos llegados de la localidad asidonense), hizo los preceptivos votos de pobreza, castidad y obediencia ante el obispo, Antonio Ceballos, que presidió el solemne acto en lo que fue, según sus palabras, «un acontecimiento especial para la Iglesia» de la Diócesis de Cádiz y Ceuta.

Ceballos señaló el de ayer como un día grande porque «el Señor nos regala una vocación especial». Tan especial que el número de ermitaños en España casi se puede contar con los dedos de las manos. «Hay diez o doce», asevera Carlos.

El sacerdote Lorenzo Albar presentó al obispo la candidatura de Carlos después de ejercer nueve meses como su tutor.

En realidad, Carlos lleva doce años llevando una vida ermítica. Tras una primera etapa en la ermita de los Santos, ahora vive en una casa en San José del Valle alejado del mundanal ruido. Antes pasó dos años en el monasterio carmelita de El Desierto de las Palmas, enclavado en la localidad castellonense de Benicasim, y en el monasterio trapense de Nuestra Señora de la Huerta, en Soria.

Ahora, a sus 75 años, ve colmada una aspiración que empezó a fraguarse allá por 1989 tras un viaje a Palestina que le marcó para siempre. «Después de aquella visita decidí seguir a Jesús», recuerda. Dicho y hecho. Carlos tenía lo que socialmente se entiende como todo: una familia, un buen trabajo y una posición económica envidiable. Pero la llamada de Dios era demasiado fuerte .

Estaba casado, tenía dos hijos y vivía plácidamente en Baleares. Pasó diez años en Ibiza y veinte en Formentera. En esas dos islas desarrolló con éxito su actividad profesional como aparejador que le deparó una buena posición económica. «Yo tenía clara mi vocación, pero tenía una esposa y dos hijos que estaban estudiando». Desde que descubrió su vocación de vida espiritual hasta que empezó a dedicarse a ella con plenitud pasaron seis años, cuando se separó de su pareja y sus vástagos ya eran independientes. Además renunció a sus propiedades y a las comodidades materiales.

Con el hábito rodeando su cuerpo y abrazado por el obispo, el ermitaño Carlos anunció ayer que «os acompañaré a todos con mi oración. Y os espero en la ermita».

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